Martes, 25 de julio de 2017

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A bordo del «Príncipe de Asturias»

A bordo del «Príncipe de Asturias»

Javier Sánchez, coeditor de Revista Naval, rememora el día a día a bordo del portaviones de la Armada española durante las maniobras Majestic Eagle en 2004

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22/05/2013.- En mi experiencia como colaborador de revistas especializas, principalmente en la malograda Fuerza Naval y en esta siempre querida RevistaNaval.com, jamás olvidaré los cinco días a bordo del buque insignia de la Armada española que ahora se despide del servicio activo.

Corría el mes de julio de 2004 cuando me ofrecieron la oportunidad de asistir a las maniobras MedShark/Majestic Eagle 04, celebradas en aguas internacionales del Atlántico Oriental, y no me lo pensé dos veces. Pude tomar unos días a cuenta de vacaciones en la empresa donde trabajo, y me puse en marcha desde Barcelona hasta Las Palmas de Gran Canaria, donde un enlace recogería a los medios acreditados para ir hacia la zona de operaciones.

Ya en Las Palmas, la primera sorpresa fue un repentino cambio de planes: para evitar avivar la polémica de la que se hacían eco los medios generalistas sobre la presunta relación entre la mortandad de mamíferos marinos y la  presencia de la flota internacional, se decidió trasladar la zona de operaciones lo suficientemente lejos al norte de las Islas Canarias, para no suscitar malentendidos.

El autor de este artículo, Javier Sánchez, a bordo del PdA durante el ejercicio ME-04 (Foto: colección Javier Sánchez)
El autor de este artículo, Javier Sánchez, a bordo del PdA durante el ejercicio ME-04 (Foto: colección Javier Sánchez)

De esta forma, la perspectiva de embarcar en el helicóptero SH-3D Seaking que debía recogernos en el aeródromo militar de Gando para depositarnos sobre el Príncipe de Asturias se transformó en un improvisado viaje a bordo de un avión estafeta de la US Navy, un Grumman C-2 A Greyhound de la dotación del USS Enterprise, que nos ayudaría a efectuar en dos saltos el traslado hasta el portaviones español, debido a que la distancia a la que se encontraban los buques de la flota aliada era mayor que la autonomía del helicóptero de la Armada.

Así las cosas, me puse el chaleco salvavidas y embarqué a la aventura con el resto de compañeros de prensa a bordo del C-2. Fueron algo más de 45 minutos de vuelo en el avión de transporte, soportando buenamente el calor sofocante y vigilando los movimientos de la carga, con los asientos orientados hacia la cola del aparato.

Presentimos la llegada a nuestro destino cuando notamos cómo la coctelera que nos transportaba iniciaba un brusco descenso para tomar sobre la cubierta de vuelo del CVN-65 Enterprise. Para quien no haya vivido un apontaje, la experiencia es de lo más terrorífica, y al tiempo extrañamente gratificante. Ni que decir tiene que desde aquel entonces perdí todo miedo a volar, y por supuesto a aterrizar en tierra firme.

Sobre la cubierta del USS Enterprise esperaba ya el veterano helicóptero de la 5ª Escuadrilla, que nos pareció más confortable que nunca mientras nos acercaba al portaviones español, donde nos aguardaban con los brazos abiertos después de la peripecia.

La primera jornada fue más bien protocolaria y de toma de contacto con la nave y su gente: presentaciones personales y visita por el buque, acomodo en los sollados preparados para el personal de medios de comunicación. Éramos invitados en el buque insignia, y como tales nos trataron.

Durante la cena, el grupo de periodistas fuimos invitados a participar de la mesa con el comandante y el resto de oficiales. La conversación giraba en torno a temas más o menos mundanos, intercalados por alguna que otra cuestión extemporánea sobre el asunto de los mamíferos marinos. Yo estaba sentado junto a mi compañero Juanjo Fernández de la revista Fuerza Naval, y comenzamos a conversar con los comensales más cercanos acerca de lo que sabemos y nos apasiona: los barcos, la gente y las cosas de la mar.

Llegados a este punto me gustaría comentar la curiosa relación que se establece entre militares y periodistas, y cualquiera que entienda de lo que hablo sabe que no se da sólo en el ámbito militar: cualquier responsable de comunicación pública sabe, por poco ducho que sea en la tarea, la prelación que se establece en el trato con los medios. De entre todos ellos, la tele es siempre Dios -y disculpen la expresión- por medios, cobertura y glamour; y después de las televisiones, todos los demás: periódicos, emisoras de radio, etc. Al final de esta peculiar cadena evolutiva que para sí quisiera como objeto de estudio el mismísimo Darwin, estamos los especializados y freelances.

Y en esas estábamos mi compañero Juanjo y yo, a la cola de esa jerarquía mediática factual, al amparo de nuestra asumida discreción, al fondo, charlando animadamente con nuestros comensales cuando nos percatamos de la presencia del comandante, que desertaba de sus responsabilidades como anfitrión a la cabeza de la mesa para acercarse a nuestras posiciones, donde parecía estar cortándose el bacalao.

Entrando en faena

Al día siguiente comenzó el trabajo propiamente dicho. Por parte de los medios de información general parecía el interés estaba focalizado en relación al asunto de los mamíferos marinos. El personal de a bordo seguramente lo más científico que podría certificar es la general simpatía que despiertan las cabriolas de los pequeños cetáceos que frecuentan de vez en cuando las aguas que corta la proa de su hermano de acero al navegar.

De cualquier forma, y aunque las preguntas seguramente tendrían mejor y más fundamentada respuesta en despachos y centros de investigación a muchas millas tierra adentro, lo cierto es que el asunto dio lugar a alguna anécdota más o menos chusca protagonizada por el equipo de una cadena de televisión, que fue cazado in fraganti intentando sonsacar declaraciones a los miembros de la dotación disimulando un micrófono para registrar los comentarios sin advertir de ello a sus interlocutores. Este hecho enturbió un poco el ambiente de cordialidad, de todas formas la mayor parte de los medios abandonaría el buque al finalizar su tarea. No así los especializados, que proseguimos la navegación durante varios días hasta la conclusión de las maniobras en Rota (Cádiz).

Durante las jornadas seguimos itinerarios distintos, en concreto fui ubicado junto al primario de vuelo, para poder seguir de primera mano el complejo despliegue operativo que se desencadena durante las operaciones aéreas en un buque que está destinado por diseño a tal fin: hiperactividad sobre la cubierta de vuelo y también en el hangar que hay bajo ella, en un incesante movimiento de personas, vehículos y aeronaves. Fueron muchas horas de guardia en la aleta del puente fotografiando los distintos buques que se aproximaban o escoltaban al portaaviones español.

Debo confesar que por momentos me sentí uno más del primario de vuelo, atendiendo a las explicaciones sobre las comunicaciones procedentes de las aeronaves del Arma Aérea en vuelo. Fueron miles las fotografías, realizadas desde los más variados ángulos, de aviones armados, helicópteros configurados y reconfigurados constantemente para todo tipo de misiones, asistiendo a los trabajos de mantenimiento de los mecánicos, etc. etc. en fin, lo que uno se imagina siempre, teniendo además el privilegio de haberlo vivido precisamente para poder transmitirlo a los demás.

Vuelo nocturno

De las situaciones vividas durante esta experiencia, sin duda fueron las evoluciones nocturnas de los versátiles Harrier las más impresionantes. Y es que un portaviones no descansa. Mientras los compañeros de otros medios pernoctaban en sus camarotes, subí nuevamente al primario de vuelo para observar en plena noche -con los buques navegando en medio de una oscuridad total y el sentido de la vista atrofiado por la falta de referencias visuales- cómo irrumpía el brutal bramado de la turbina del aparato aproximándose cada vez más desde la nada.

Tan sólo a escasos metros se comienzan a distinguir en el cielo tres luces: las de color naranja de las toberas incandescentes; los reflectantes del avión; y el rostro del piloto iluminado por el haz verde de los instrumentos de cabina. Otra vivencia que nunca olvidaré fueron las conversaciones con pilotos e infantes de marina tras una dura jornada validando un polígono de tiro en Marruecos, o las anécdotas sobre situaciones inocentes y surrealistas, que por estar en el ámbito de las relaciones diplomáticas es mejor obviar, aunque sin duda harían las delicias de Woody Allen y de cualquier amante del humor absurdo.

16 de julio

Pasamos el día del Carmen, patrona de la Armada, en compañía de la dotación del Príncipe de Asturias, asistiendo a sus quehaceres habituales en la mar, y despidiéndonos de todo el personal con el que habíamos confraternizado durante unas breves pero intensas jornadas, agradeciendo las atenciones recibidas durante los cuatro días a bordo, aunque aún nos aguardaba una sorpresa, y no sería la última.

Al día siguiente el buque amarraba en los muelles de Rota, pero el comandante del buque nos reclamó para estar en la cubierta al amanecer para embarcar en un AB-212 a bordo del cual íbamos a presenciar algo nunca antes realizado: el despegue simultáneo de siete Harrier. La pregunta fue instintiva: ¿Cómo lo hará el primero?, y la respuesta inesperada, «el problema no será el primero, nos preocupa el tren de aterrizaje del último al impactar a tanta velocidad sobre el trampolín de proa».

Así que el último día a bordo del R11, al orto, embarcamos en el helicóptero y esperamos ansiosos el momento del despegue. Me preocupaban las condiciones técnicas de la toma fotográfica, por la escasa luz solar debido a lo temprano de la hora, y por el traqueteo del helicóptero, si tienen curiosidad sobre el resultado hay una muestra bajo estas líneas.

Inédito despegue de siete aparatos Harrier desde la cubierta del «Príncipe de Asturias» (Foto: Javier Sánchez/Revista Naval)
Inédito despegue de siete aparatos Harrier desde la cubierta del «Príncipe de Asturias» (Foto: Javier Sánchez/Revista Naval)

Una tras otra despegaron las siete aeronaves para aterrizar en el aeródromo de Rota. Con la cubierta ya despejada regresamos de nuevo al portaviones y asistimos a la entrada en la base naval para atracar definitivamente. Antes de corresponder protocolariamente con las despedidas, solicitaron mi presencia en el camarote del comandante, que me obsequió con la estupenda fotografía dedicada que comparto ahora con vosotros, y que conservo con especial cariño en mi mesa de trabajo.

Nunca olvidaré las palabras del CN comandante José Mª García-Bouza, quién por cierto un año después se haría célebre por ser citado con profusión por el entonces ministro de Defensa José Bono, quién contaba a todo aquel que lo quisiera oir lo exiguo del salario que percibían servidores públicos como por ejemplo el comandante de un portaviones, en comparación con la enorme responsabilidad de gobernar como un alcalde la pequeña ciudad flotante que es el Príncipe de Asturias. Al despedirse, entregándome el obsequio, me dijo que nunha hubiera imaginado que una persona sacrificara parte de sus vacaciones tomando de su bolsillo un avión en Barcelona para hacer unos miles de kilómetros para caer en un punto en el medio del Atlántico, en el buque insignia de la Flota, por pura afición y sin percibir nada a cambio. Le devolví sus palabras con mi sentimiento de gratitud hacia la Armada y hacia sus hombres y mujeres por la oportunidad que me permitieron vivir a bordo. Agradecimiento que quiero reiterar ahora: Gracias Príncipe de Asturias, gracias a todos por la experiencia vivida.

Javier Sánchez García
coeditor de Revista Naval

Fotografía dedicada por el comandante del buque al autor (Foto: colección Javier Sánchez)
Fotografía dedicada por el comandante del buque al autor (Foto: colección Javier Sánchez)

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Salto de un Harrier en la proa del portaviones «Príncipe de Asturias» (Foto: Javier Sánchez / Revista Naval)

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