Historia

 

Las pérdidas de la «Juno» y «La Galga»

Las pérdidas de la «Juno» y «La Galga»Por Alejandro Anca Alamillo
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El Tribunal Supremo de los Estados Unidos dicta una sentencia que permite proteger del expolio a los galeones españoles hundidos en aquel país.

Desde hace bastantes años hemos tenido que soportar el insufrible espectáculo de comprobar cómo se expoliaba el Patrimonio español a manos de unos nuevos piratas del mar que, con el único fin de saciar su lucro, han sido capaces de realizar auténticos crímenes culturales, lejos por tanto de lo que es, o debería ser, la arqueología submarina metódica y seria.

Esta histórica decisión(1) del Tribunal americano de 21 de julio de 2000, ratificada en marzo de este año, acaba con las esperanzas del millonario Ben Benson, para intentar rescatar las grandes cantidades de plata que se cree que transportaba la fragata de la Armada española Juno cuando naufragó en las costas de Virginia.

La sentencia basa su decisión en el artículo 10 del Tratado de Amistad y Relaciones Generales entre España y los Estados Unidos de América de fecha 3 de julio de 1902 (Gaceta de Madrid número 110 del lunes 20 de abril de 1903) que indica lo siguiente:

«En los casos de naufragio, averías en el mar o arribada forzosa, cada Parte deberá conceder a los buques de la otra, ya pertenezcan al Estado o a particulares, la misma asistencia y protección e iguales inmunidades que las concedidas a sus propios buques en casos análogos».

Recordemos que esta batalla legal se ganó en gran parte en 1998, cuando el Gobierno Federal de Estados Unidos apoyó la posición española defendida por nuestro consejero en la embajada española en Washington, D. Rafael Conde, contra la intención del cazatesoros, respaldado por el Estado de Virginia que se aseguraría el 25% del botín, al amparo de la ambigua Ley Federal sobre Pecios promulgada en 1987 por la cual si los restos del buque hundido se encontraran no más lejos de 4,8 kilometros de las costa concedían la propiedad de los mismos al Estado costero donde se encontraran, independientemente del pabellón de origen del mismo.

El fin de la Juno fue muy similar a este naufragio (Cuadro de G. de Aledo)

Historia de un naufragio

Recordemos que la Juno fue construida en Ferrol en 1789, con un porte de 34 cañones. Partió de Veracruz el 15 de enero de 1802 con destino a Cádiz al mando del capitán de navío Juan Ignacio Bustillo, llevando un valioso cargamento de 22 toneladas de plata. Durante dicha travesía se pudo comprobar su falta de estabilidad, lo que hizo entrar de arribada forzosa en el puerto de San Juan de Puerto Rico, sometiéndose a la fragata durante algún tiempo a diversas reparaciones. El 1 de octubre sale de nuevo a la mar, no se sabe si llevando a bordo su preciado cargamento, embarcándose eso sí el tercer batallón del Regimiento de África.

Durante los primeros días de la singladura el tiempo fue bonacible pero al llegar al meridiano de las Bermudas, por su parte septentrional, se encontró con vientos duros y mar gruesa, empezando el buque a hacer alguna agua, tomándose la decisión de cambiar el rumbo lo que no evitó que el día 22 se enfrentara a una terrible tormenta que dió como resultado que perdiese su gobierno e hiciera que la vía de agua aumentara espectacularmente ordenando su comandante eliminar lastre para mantener la estabilidad del buque, pero la situación era ya crítica, pues a pesar de las medidas adoptadas, -se tapó la vía de agua interiormente con una caja estanca unida por estopa y argamasa y exteriormente se recubrió con un forro la misma- la entrada de agua, no consiguió disminuir y seguía embarcándose de manera continua.

Dos días más tarde se produce el feliz encuentro con la goleta americana Favorita, que aceptó las proposiciones de flete. Para coordinar la navegación en conserva el comandante de la Juno ordena que embarquen en el buque amigo dos oficiales, el teniente de navío D. Francisco Clemente y el teniente de África D. José Maria Zorrilla y seis individuos de tropa. Una vez acordado el plan de señales, tomaron ambos buques rumbo a las costas de Virginia, pero la suerte de la fragata estaba echada.

En la noche del 26 al 27 de octubre, y sin que el buque americano pudiera hacer nada, la Juno perdió su gobierno al sufrir el embiste de un fuerte temporal, embarrancando frente a las costas de la isla de Chincoteague, perdiendo la vida en el suceso 425 personas entre pasajeros y miembros de su dotación entre los que se encontraban las familias del anteriormente citado tercer batallón del Regimiento de África.

Los únicos supervivientes fueron los afortunados que embarcaron en la Favorita, que llegó sin novedad a Boston el 1 de noviembre siguiente, si bien la leyenda cuenta que al menos uno de aquellos infortunados pasajeros sobrevivió, un niño de tan solo tres años que, atado a un madero, apareció en la playa junto con algunos restos del naufragio.

Los isleños que lo encontraron lo bautizaron con el nombre de James Alone (Jaime el solitario), comprobando su procedencia foránea ya que balbuceaba palabras en una lengua extranjera y su tez era olivácea. Según esa misma historia se integró en una pequeña comunidad de pescadores y se casó dos veces, dejando prolija descendencia.

Tuvieron que pasar casi dos siglos para localizar los restos del buque, que se encontraron diseminados a poca distancia de la playa de Tom´s Cove a lo ancho de un kilómetro cuadrado, a unos 8 metros de profundidad, resultado de la codiciosa búsqueda del Sr. Benson, con el único fin de recuperar unas 700.000 monedas de oro y 22 toneladas de plata, lo que equivaldría a 80.000 millones de pesetas que suponía que transportaba la fragata.

En la sentencia también se hace mención a otra fragata, La Galga. Construida en el astillero de La Graña, se perdió unos años antes, en 1750, aunque en este caso, es casi seguro que no llevara cargamento de valor alguno. Se sospecha que tan sólo algunos de los caballos que llevaba a bordo del buque pudieron salvarse no quedando constancia de que sobreviviese persona alguna del naufragio.

 

Un final feliz

Aunque en algún momento se especuló con la posibilidad de que nuestro gobierno a través del ministerio de cultura llegara a un acuerdo con Benson, al no encontrar las garantías arqueológicas suficientes para recuperar de una manera adecuada el pecio, se desestimó la idea.

Como colofón recordar que antes de abandonar su sillón presidencial Bill Clinton promulgó una ley por la que se reconocía expresamente la propiedad de los pecios existentes en aguas norteamericanas a sus legítimos dueños de manera indefinida con independencia de su localización, ley rubricada por el nuevo presidente Bush, y que reafirma la voluntad de nuestro aliado y amigo en preservar los intereses españoles ante la especulación sin escrúpulos de unos pocos.

No nos queda más que felicitar a nuestra representación diplomática y legal por el triunfo que supone dicha resolución.

 

(1) Se puede consultar en:
http://www.law.emory.edu/4circuit/july2000/index.aspl
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Archivo 2001-2003