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Revista Naval (RevNav)

ISSN 1885-3331

Miércoles, 26 de julio de 2017

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Barcos en botella / 1

Un poco de literatura

1ª Exposición de Barcos en Botella

 

Paciencia embotellada (W. Fernández Flórez)

Dejad que abra la compuerta de mi emoción ante el anuncio de esa Exposición de "barcos en botella" que prepara nuestro remozado Museo Naval. Yo iré a admirarla. Y recorreré sus vitrinas en el mismo conmovido estado espiritual que cuando recorrí las calles de la desenterrada Pompeya. En Pompeya descifré una vida remota. Otros hombres, otra sensibilidad. Las botellas que contienen barquitos pacientemente hechos guardan también huellas de otra sensibilidad, de otros hombres... Mucha gente duda en nuestros tiempos de la verosimilitud de aquel relato de la Mil y una noches que asegura que un genio fué encerrado durante siglos en un frasco lacrado con el sello de Salomón. ¿Por qué no ha de ser cierto? En las botellas sin lacrar que contienen los barcos se quedó el espíritu de los hombres de una época. Y no se va. ¿A dónde?

Yo he visto muchas de esas obras maravillosas. En el litoral gallego abundan. Las miraba y no podía comprender que hubiesen sido realizadas sin pacto con los duendes. ¿Cuántos meses, cuántos años, cuántas décadas eran precisos para dar cima a empeño tan difícil? Según mis cálculos, toda una larga existencia. Pero los hombres que tal hicieron no tenían prisa. Iban por las carreteras en un carro, marchaban a las Américas en un velero que sufría pasmos en medio del mar, dejaban hilar en casa el lienzo de sus camas, eran ricos de tiempo, plantaban árboles pensando en la sombra de veinte años después, comenzaban catedrales que sus biznietos no habían de ver terminadas, disponían de muchas horas para pensar, para repujar, para tallar, para labores tan menudas y tan cachazudas como esta de ir ensamblando en una botella un barquito. Algunos hombres iban de aquí para allá sobre las tablas de un bergantín o en la estrechez de una lancha pesquera, y cuando se retiraban del oficio comenzaban a construir su barco en la botella -a embotellar su ensueño-, y esa obra era después el orgullo de la familia, sobre la cómoda resquebrajada, y al presentarse el artesano en el otro mundo para dar cuenta de sus buenas y de sus malas acciones, no hablaba de aquel niño que salvó de ahogarse, ni de aquel cuenco de agua que cedió a un enfermo durante una calma en el Ecuador; o, al menos, refería preferentemente, antes que nada:

-Yo armé un patache dentro de una botella de dos cuartillos.

La sotabarba le temblaba de conmovedora vanidad. ¡Almas sencillas! Si al través del vidrio ordinario que también os retiene podéis ver claramente a cuantos os hemos sucedido sobre el planeta, ¡qué diferentes nos hallaréis! Los barcos de veras, los grandes buques se construyen apenas en unos días; con el cemento hacemos casas en unas semanas, y ciudades enteras, en unos meses; del ámbito de una botella hemos pasado a precisar de la estratosfera, empujando el cielo hacia arriba con nuestras manos, porque ya nos ahogaba. La Paciencia no está ya en este mundo, y por eso triunfa y se extiende como en ninguna otra época, el pecado, que es antagónico. ¡Barcos en botella! ¡Ah, sí ahora pudiéramos hacer barcos en botella la humanidad estaba salvada! Eso querría decir que no nos acosaban inquietudes, que no nos desvelaban afanes, que nuestro pulso era tranquilo y en nuestra alma se conservaba algo del éxtasis de la infancia.

He leído que en el Museo darán, a quienes las pidan, instrucciones para ejecutar esa proeza manual. Pero haría falta también darnos otros nervios, otro ritmo de vida, verter muchos barriles de aceite sobre las ansias del momento -como hacían los marinos sobre el mar bravo- para encalmarlas. Sin eso... Hoy invertimos el ideal: no metemos barcos en las botellas, sino que metemos botellas en los barcos; botellas de acero, llenas de destrucción: cólera envasada. El orgullo se refiere a conseguir que cada uno de estos barcos almacene una mayor cantidad de granadas, de cañones, de bombarderos, de tanques.

Así como decimos "la edad de piedra", "la edad del bronce", debiéramos dar a cierta etapa de la Historia el nombre de "la edad del barco embotellado", porque cuadra una civilización, una psicología y hasta una fisiología, ya que a los hombres que comenzaban esa labor les prestaba su afán la fortaleza suficiente para no morirse hasta tener tendido el último estay o el último candelero.

Si la curiosa Exposición del Museo Naval alcanzase el éxito que todos les deseamos, ya sé yo lo que ocurriría. Abriríase en cualquier parte una fábrica de "barcos en botella" en serie. Sería lo más antitético, pero también lo más conforme al carácter de nuestros días.

W. Fernández Flórez.
De la R. Academia Española.
Del "A B C".

 

Los "barcos embotellados, obra de cuerdos (J. B. Robert)

Hace años, en los estertores de la pasada centuria, cuando todavía los grandes veleros españoles con aparejo de cruz hacían la carrera de América y en las dársenas que poblaban se olía a brea, tuve entre manos por vez primera un "barco embotellado". Era la época de los grandes, latos discursos embotellados, asimismo en el magín de oradores, que con frecuencia resultaba difícil discernir de qué manera habían entrado las ideas que contenían en el recipiente humano, que os lanzaba en cualquier sesión parlamentaria o en bullicioso mitin populachero.

Lo mismo me ocurrió con el barco dentro de la botella: tuve ésta entre manos, la miré y remiré, dándole vueltas para adivinar cómo se había introducido el barquito en su recipiente. La hipótesis que a priori me sedujo fué la de que la botella se había cerrado soldando sus partes luego de colocado el navío con su indispensable sección urbana portuaria y el no menos obligado faro, más alto que el palo mayor de la embarcación.

Pero cierto día, en una de esas dársenas destinadas a los veleros ochocentistas, que iban a penetrar, en el novecientos, al toque de funerala, disponiéndose a pasar a la categoría de piezas de arqueología naval, vi a un viejo marinero con barretina, calzones de bayeta y pipa sentado a horcajas de la cuaderna de una barca del bou en construcción, a la sombra del toldo de la artesana factoría, quien con unas largas pinzas, mirada fija y pulso seguro pasaba a través del gollete de una botella de agua de Loheches un gallardo bergantín pintado de blanco, con sus dos palos abatidos sobre cubierta. De momento el descubrimiento me colmó de alborozo, porque significaba el hallazgo de una de mis primeras verdades marineras. Lo esgrimí ante mis amigos playeros del veraneo con la vanidad propia de mi infantil vocación marina, aunque íntimamente sintiera desencanto al desvanecerse el halo de prodigio con que mi imaginación rodeaba el hasta entonces misterioso procedimiento de embotellar mares, fragatas, corbetas, puertos y farolas en su recipiente vítreo, marcado como signo de autenticidad sin truco, con las letras en relieve de una agua purgante o de un específico de farmacia.

¡Ancianos marineros, con vuestras articulaciones roídas por la humedad de todos los océanos y las navegaciones de toda vuestra juventud y edad madura, vosotros, inválidos de la mar, laboráis más propaganda marítima con la manufactura de vuestros bellos juguetes de vitrina que tanta prosa como se derrama hoy día por los papeles impresos!

Porque haced la prueba para llamar la atención de cualquiera respecto a cosas de mar, de solicitar su atención ante la maqueta perfectamente ejecutada de un navío, ante el cuadro pictórico de carácter marino, ante la lectura de un artículo periodístico del mismo tema o ante un humilde frasco de esos. Probable cansancio de la lectura, perplejidad o una cortés alabanza, más o menos sincera, para la pintura y la maqueta; admiración inquisitiva, exteriorizada por sonrisa de complacencia para el barquito de la botella. Y al fin y al cabo la propaganda marítima tiende a captar adeptos para las cosas de la mar obrando sobre la inteligencia y sobre la sensibilidad para crear vocaciones o fomentar aficiones.

La interesante película cinematográfica que gráficamente muestra las manipulaciones del embotellamiento ha roto las fantasías que la curiosidad de los profanos, como me sucedió en mi niñez, pueda atribuir a un arte diabólico la fabricación de los barcos en botella; pero descifrando el complicado acertijo de su manufactura, contribuye al aumento de sus artesanos, que no se nutre precisamente entre chiflados, locos o presidiarios.

Su cantera originaria claro está que radica entre los veteranos de la navegación; a bordo no se goza de la estabilidad necesaria para tan delicadas manipulaciones. De las cárceles, donde la ociosidad tantos primores permite ejecutar a sus huéspedes, no creemos haya salido un solo barco embotellado: la materia del recipiente no le hace un trato muy aconsejable para manejarlo allí.

¿Obra de locos, pues? De manera alguna, y conste que lo digo porque personalmente hice la prueba. Era en una época -la dictadura del general Primo de Rivera- en la que por disciplina política, al ser el cargo anejo al de diputado provincial, hube de ser director de un Manicomio, poblado por un millar de infelices.

Por cierto que el autor de un libro que quería ser de propaganda marítima, desbordada por sus ribetes revolucionarios, aparecido entonces, me aludía como singular publicista de la materia en la Prensa diaria, diciendo que "sólo escribía de temas navales para el público un señor abogado que regentaba una casa de locos"; es decir, haciéndome víctima, en cierto modo, de la falsa opinión de quienes confieren a los locos el monopolio de la elaboración de los barcos embotellados.

Pues bien; entre los recluídos en la Casa de Orates había uno que era una notabilidad en su género. sin otros materiales que un frasquito de goma líquida, unos pinceles, cartón, papeles de colores, sedas, algodones y alambres finos fabricaba unos juguetitos maravillosos: tíosvivos con sus caballitos y cochecillos, molinos de viento dotados de engranajes habilísimos que les proporcionaban movimiento, muebles para casitas de muñecas... Tan sólo exigía envolverse la cabeza con una toalla humedecida, y aislamiento absoluto. Nadie le vió trabajar de cerca ni le oyó hablar, por su mutismo voluntario, rigurosamente observado; pero cuando no trabajaba, escuchaba complacido cuanto se le dijese en beneficio de la perfección de su obra.

Le mostré un día una botella con el consabido puerto, del que salía una gallarda fragata, primorosamente ejecutada, surcando una mar demasiado azul. La miró, remiró, dándole incesantes vueltas, como yo hice antaño, y viendo su perplejidad, le expliqué la forma de realizar el trabajo. Pero era hombre de tierra adentro, hijo de labradores levantinos, y no comprendía el mar ni los barcos. Todas sus tentativas se frustraron cuantas veces ensayó el embotellamiento. Desistió de la operación, y volvió a sus tíosvivos de feria y a sus carritos, de los que aún ruedan por mi casa, lastimosamente mutilados por obra de mis chicos, algunos bellos ejemplares de raro mérito.

Y es que los barcos en botella son obra de cuerdos: desde el Capitán de Navío hasta el que pesca -o ha pescado y navegado- en ruin barca, como revela la notable Exposición del Museo Naval, primera y única en su género.

Juan B. Robert,
Del Patronato del Museo.
De "Jornada".

 

Barcos en conserva (Julio F. Guillén)

D. Julio F. Guillén TatoEn los bodegones y "naturalezas muertas", hoy tan frecuentes en las Exposiciones, un elemento nuevo ha venido a sumarse a las caracolas, peces y corales como fórmula de expresión de un afán marinero: la de un frasco con un lindo barquito dentro, bastante más adjetivo aún que el aire con olor a marea baja o que el agua salada, imposibles de trasladas al lienzo en lo que precisamente tienen de posible evocación.

¡Un barco dentro de una botella! En verdad que resulta más difícil esto que no el meter una botella dentro de un barco; y esta consideración, bien sencilla, nos hace pensar en que hubiera sido harto más sonada la hazaña de Jonás si en lugar de dejarse engullir por ella se hubiera tragado la ballena.

Y, sin embargo, desde hace más de un siglo, desde que los frascos de cristal fueron de uso corriente y el vino se vendió embotellado, por ser ya del dominio industrial la fabricación de aquéllos, los marineros han venido construyéndolos y han constituído entretenimiento de las travesías siempre largas de los veleros, para lucimiento de habilidad, entretenimiento de ocios y, a la postre, adorno ingenuo y evocador.

Los más no constituyen, aunque el trabajo es propicio, alarde de preciosismo, sino más bien de paciencia y de manual habilidad; se caracterizan en el afán de llenar el mayor volumen del hueco de la botella, y por eso sus formas responden a cánones estéticos que los diferencian de los verdaderos modelos a escala. En general, no pretenden ser "retratos", sino que, por querer alcanzar los límites del cristal, suelen ser largiruchos, extremadamente finos de manga -para que quepan por el cuello de la botella- y de muchos palos, pues la dificultad de construirlos es proporcional al número de éstos. La proa siempre mira al tapón, y esto no falla, pues aquí reside uno de los trucos de su construcción, que es...

Unos creen que cortando el fondo de la botella; otros estiman -cosa aún más imposible- que fué ésta soplada "por fuera del barquito"...; algunos, que se fué construyendo pieza a pieza utilizando largas pinzas. Pero no; su trampa es bien sencilla: se construye de modo que toda la arboladura sea rebatible y con los hilos que van hacia popa (obenques) fijos, mientras que los que mueren a proa o en el bauprés (estáis) se pasan por un agujerito. Una vez seca la escayola teñida de azul que ha de imitar el mar, se introduce le modelito de buque con los palos abatidos, quedando los hilos con su extremo fuera, y se pega a la escayola por su base; cuando ya está fuerte, no hay más que tirar de los hilos; la arboladura se irá enderezando, y cuando presenta ya su aspecto, con unas gotitas de cola bien fuerte se tapan los agujeritos por donde pasan los estáis, que se cortan por el sóbrente, una vez bien seca. Después... sólo resta el colocar con pinzas algún detalle que otro, como botes, chimeneas, superestructuras, hasta velas, si se quiere, y... tapar y lacrar.

A estas horas es posible que haya sido admirado, en la pantalla un documental que sugirió el Museo Naval, y que explica todo esto; operación curiosísima e interesante, que al ponerse de manifiesto a tanta gente, es posible que, estimulando aficiones, surjan por doquier en nuestra actual decoración de interiores botellas de todas suertes y formas con esos lindos barquitos dentro. Pero en este trabajo tan avasallador, que es difícil y aun imposible dejar sin terminar de un día para otro -y conste que tengo la experiencia de haber hecho varios-, lo más curioso es el observar los gestos del constructor, con el alma pendiente siempre de un hilo, en toda la extensión del vocablo, o de unos cortes o tijeretazos; complicada la tarea por la rebelde refracción que produce el desigual grueso del vidrio basto.

En realidad, la operación es como un parto al revés, y piense el lector cuántos tocólogos se comprometerían a esto.

Julio F. Guillén,
Capitán de Navío.
De "Vértice".

Parte 2: Usted puede construir un barco en una botella.

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